¿De qué es capaz una madre?
Esto no va de bolsos. Ni siquiera de flores. Hoy va de ella.
¿De qué es capaz una madre?
Dicen que de absolutamente todo. Yo me imagino a la mía levantando un autobús si hiciera falta —aunque, bien pensado, ya ha levantado una casa entera—.
Y no sé qué pesa más. Porque lo hace día tras día.
Pero sobre todo lo hace en las noches que ha pasado en vela.
En los momentos en los que ha sostenido el miedo solo para que yo no lo sintiera.
En esos “estoy bien” dichos cuando en realidad le temblaba el pulso.
Cuando ha sacado fuerzas de debajo de las piedras solo para verme sonreír.
Y entonces, inevitablemente, me pregunto: ¿de qué es capaz una hija? ¿Cómo se le devuelve a una madre ese amor eterno?
Porque no sé tú, pero ese es el amor más puro que yo conozco. El de una madre. El de verdad. El que no se marchita. El que se queda contigo para siempre, incluso cuando ella ya no está.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a tu madre lo que sientes de verdad por ella? Yo tampoco me acuerdo. Y no es por falta de intención. Todos los años le regalo algo, lo envuelvo con cariño, se lo doy, ella sonríe… y yo pienso: “no es suficiente”.
Porque no es el regalo. Es todo lo que hay detrás. Y me pregunto: ¿cómo metes todo eso en un regalo?
Este año no quería darle algo bonito y ya. Quería que, cuando lo viera, sintiera todo eso que yo siento por ella y que casi nunca sé cómo decirle.
Y pensé: ¿y si, en vez de algo bonito, le hago algo que dure para siempre?
Algo que no se marchite nunca.
Que pueda quedarse con ella.
Como ella siempre se ha quedado conmigo.
Hoy no quería venderte nada.
Solo quería decirte esto: si tu madre está, díselo.
No hace falta el regalo perfecto.
Solo hace falta que sea verdad.
(De todo esto, sin buscarlo, nacieron nuestros ramos que no se marchitan. Pero eso, hoy, es lo de menos.)















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